La gran mayoría de las veces caminamos sin observar el suelo... no creo con esto decir una sandez ni tampoco algo muy novedoso. Simplemente lo digo porque muchas veces vemos más el suelo que nuestro frente o nuestro entorno. Y sólo vemos, no reparamos en detalles, brillos o colores. Recuerdo que desde niño me llamaron la atención los rieles enterrados que aparecían y desaparecían en el pavimento, incluso a veces emergían de las cunetas o desde los pies de la fachada de alguna casa. Y en su recorrido incierto son devorados por manchas de asfalto y cemento, pero suelen brotar de entre ellos, ayudados por el tiempo. Aún se los puede ver en varias partes de Santiago y, a veces, cuando paso nuevamente por esos lugares, recuerdo cosas que sentí en ese momento y creo otras nuevas.Pero no puedo negar que también veo el suelo, sin detenerme en detalles, paso por alto cosas que puede decirme y contarme y prefiero usarlo como una pantalla donde proyectar mis pensamientos, sin mayor interés en cómo va cambiando... como quien viaja en un auto y mira las líneas de la calle pasando una trás otra formando, debido a la velocidad, una sola.

Adoquines... qué brillos y reflejos emana su conjunto; asfalto... las huellas atrapadas en un molde; hormigón... grietas, fuerza y opacidad; tierra... polvo, barro, un cambio de forma permanente. Cada uno tiene su carácter, sus cualidades, sus lenguajes, alguna historia que contarnos... o darnos ideas para que creemos el argumento de una.
Rodrigo G. M.
Puente Alto. Miércoles 16 de Mayo de 2007. 19:39 hrs.
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