sábado, 19 de mayo de 2007


Una vez más los caminos me llevan hacia los rincones más profundos de mis recuerdos.
Hace poco ví una foto de este lugar, y hoy, por coincidencia, pasé por ahí...
y justo, con la infaltable cámara.

Un día haré una travesía nocturna de los pequeños rincones donde habita el espíritu de la memoria, los recuerdos cálidos, melancólicos y desgarradores a veces. Desde Playa Ancha, hasta llegar a Recreo, en Viña del Mar, quizás pasando por otros inesperados lugares... Pero eso tendrá que esperar algún tiempo, cuando los espíritus de mis musas nocturnas se aparezcan nuevamente por estos lados. Por ahora hablaré, bajo la oscuridad de siempre, a la luz de una humeante taza de té bien caliente para estos días helados, mientras escucho el excelente disco "The Troubled Sleep of Piano Magic".

Estos devenires del pensamiento y del eterno caminar -más bien deambular- por los rincones y extensiones de la ciudad, me devuelven de vez en cuando hacia los siempre presentes recuerdos, de la podríamos decir "niñez adulta" cuando recién llegué por estos lados, un pequeño ser recién salido del colegio, ingenuo, un poco torpe en mi inmadurez, en una gran ciudad desconocida, y ante una carrera que a pesar de ser desde casi siempre la elegida, fue demasiado distinta a lo que esperaba, conocía y podía soportar mi intelecto aún en pañales, más no mi entusiasmo ni mi pasión, las cuales siempre he tenido, y espero mantener hasta la tumba. Hace poco esos devenires me llevaron a la parte baja de Playa Ancha, lugar que siempre ha guardado (y sigue guardando, por diversos motivos que algún día explicaré) un especial espacio en mi corazón. Y hoy, casi sin proponermelo, llegué hasta este espacio del cerro Concepción, el Pasaje Gálvez y la calle Papudo.

Es mucho lo que significa para mí estas escalinatas, estos caminos tortuosos e irracionales, estos senderos. Hace muchos años conocí allí a mi mejor amigo, quien desde Santiago a veces escribe (espaciadamente pero siempre con pasión y espíritu) en este semillero de ideas llamado Los Postmodernos. Recuerdo que en los interminables periplos de los primeros días de la carrera de Arquitectura (para mí no eran tan primeros, pues ya llevaba 3 años acá), salir a dibujar a la ciudad era una tarea de todos los días, empeñosa, siempre abierta, esclavizante incluso, ansiosa, si la miro con los ojos de ahora, pero una tarea bella, artesanal, con la plumilla y la tinta china, colmada de belleza en su espíritu, en sus intenciones, más no siempre en los resultados (recordemos que era el primer año de la carrera)... Y una de esas búsquedas incesantes me trajeron acá, a este mismo punto, en esa época sin tantos restaurantes, bares, sin tantos autos, ni gente proveniente de otros lados; según recuerdo, ni siquiera esto era Patrimonio de la Humanidad, distinción que este sector de la ciudad obtuvo unos cuantos años después.

Y arriba de la escalera, conversando con otro compañero del cual apenas recuerdos tengo (pues se fue hace ya varios años de la carrera), se encontraba el Rodrigo. Sin pensarlo, me quedé acá, conversando con ellos... las típicas preguntas... "cómo vas?" "cuántos croquis llevas?", "has encontrado algo interesante...?" "están muy cansados?", etc. Y es que siempre es cansador subir y bajar cerros, con la mochila y una enorme tabla con las hojas, además de lo complicado que puede llegar a ser croquear de pie... y con plumilla y tinta, eso es aún más difícil... El recorrido de los dibujos, de las intenciones, del destino si se quiere, nos hizo seguir juntos, y comenzar a debatir sobre las más diversas cosas... Recuerdo (y espero no equivocarme) que el otro alumno que estaba con nosotros se fué pronto, y que como era ya tarde, no nos quedó otro destino que ir al paradero a tomar el bus. La conversación fue fluida, y a pesar de que no teníamos mucho en común, fue tomando diversos matices. Lo típico: la música, la opinión sobre los profesores, sobre la ciudad, sobre la política contingente (yo en esa época estaba pasando por una penosa e inmadura etapa de pensamiento conservador, apoyando a Lavín, la pena de muerte y otras barbaridades parecidas, lo reconozco...) En fin... distintos temas y distintas discusiones mientras anochecía... no recuerdo si seguimos dibujando o sólo conversamos... y grande fue nuestra sorpresa, cuando nos damos cuenta de que eramos casi vecinos, y vivíamos a escasas dos cuadras de distancia, en Recreo, el sector probablemente más bello y agradable de Viña del Mar, él en casa de una tía de avanzada edad según recuerdo, yo, con mi madre, en una pequeña casa arrendada... Eran tiempos difíciles, y lo siguen siendo a ratos, pero esa larga conversación que nos llevó varias horas y que concluímos en alguna de las esquinas entre mi casa y la suya, o tal vez en alguna de las casas, no recuerdo bien, fue el inicio de innumerables y cada vez más largas y complejas conversaciones y discusiones, mientras las noches y los días avanzaban, y mientras pequeñas y distintas cosas se nos iban haciendo comunes, cotidianas, necesarias incluso. Sin darnos cuenta la efimera relación de compañeros de curso pasó a transformarse en una relación de amistad, no exenta de problemas y conflictos, algunos muy difíciles y tortuosos, pero cada día más sólida... hasta llegar a estos fríos días de invierno... pero ese es tema de otro día, de otro comentario nocturno en el blog... tal vez seas tú, Rodrigo, quien continúe con la historia...

...por ahora me basta recordar y compartir aquellos primeros momentos, aquellas primeras conversaciones, caminatas, discusiones sobre la ciudad, sobre la vida, sobre nosotros mismos, ese interminable laberinto de situaciones, de ideas, de conflictos azarosos que van construyendo todos los días y que un día de marzo del año 2000 me llevó por esos pasajes angostos y afortunados...

Sebastian Aguilar
Valparaíso, Sábado 19 de Mayo de 2007 - 21:21 horas

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