jueves, 8 de marzo de 2007

Una pequeña joya entre las quebradas

Al fin, después de mucho tiempo de trabajo y desidia (lo reconozco) y de no aportar con este atado desordenado de ideas llamado Los Postmodernos, he vuelto a escribir, sobre lo que nos gusta, sobre lo que le ocurre a nosotros como seres eminentemente urbanos, caminantes, buscadores impetuosos...

Acá, en Valparaíso, lejos de la ciudad ajetreada, hay una calle sinuosa, larga, que asciende con suavidad por la quebrada mientras los cerros se acercan y los ruidos del centro se van esfumando poco a poco, la cual afortunadamente se conserva como un pequeño oasis no descubierto por la mayoría de las personas. A un lado del camino, llamado Avenida Santa Elena, y luego de pasar por un par de curvas suaves rodeadas de casas y negocios, aparece la magnificente e imponente estructura de la Fábrica Costa, respaldada por un cerro de bosques que le otorgan un carácter aún más dramático... El complejo es vasto y el terreno en el que se ubica no es muy grande, por lo que su construcción tuvo que elevarse por sobre los cinco pisos, y adelantarse en varios puntos hacia la calle, con lo que el espectador que pasa por el lugar nunca puede ver la magnificencia del edificio en su totalidad (y por ende, tampoco se le pueden tomar buenas fotografías), pero esto es sin duda una de sus bellezas, el que es una estructura siempre abierta a nuevas visiones y nuevos horizontes y ángulos para descubrir, tanto desde lejos como de las calles aledañas que suben el cerro junto con el edificio. Formalmente esta fábrica de galletas y confites no tiene mayor fuerza que la pureza y magnitud de sus volúmenes, sus enormes ventanas y su particular conformación y ubicación. Sin embargo cuando uno recorre las calles que llegan a ella no puede no sentir que ha entrado en un mundo distinto, en el que el entorno inmediato se ve conformado no por las típicas casas y rancheríos de los cerros, sino que por elaboradas construcciones, chalets y grandes conjuntos de viviendas, construidas en las décadas de los 20 y 30, de gran calidad y en muy buen estado (ya hablaré sobre ellas más adelante), que dan forma a un conjunto único e irrepetible en toda la ciudad, sin duda, una pequeña joya escondida siempre nueva y siempre distinta cada vez que la visito. Lo mejor sin duda, es visitar este lugar en invierno, lloviendo o con la bruma entre los árboles, recortando los duros volúmenes contra el cielo blanco y elevando aún más el carácter dramático y expresivo que puede llegar a tener este edificio y el singular entorno que lo rodea.
Sin duda, cuando lleguen esos días nuevamente, estaré aquí, tratando de captar en modestas imágenes lo irrepetible del momento. Por ahora basten un par de fotografías tomadas en un caluroso día soleado de marzo...

Sebastian Aguilar O.
Valparaíso, 08-III-07, 22:43 hs.











1 comentario:

jaimesegoviac dijo...

Ese sector es muy interesante, todo está construido en función de la ya muerta fábrica Costa... Una amiga vive por ahí, y dice que cuando era chica, sonaban alarmas para despertar a todos... incluso las de almuerzo... y la de vuelta de almuerzo (todos se iban a dormir siesta a la casa).

Uff.. un sector lleno de historias, que vale la pena rescatar.

Saludos!