lunes, 12 de marzo de 2007

Un recodo abierto a lo inmenso

Una vez más las expediciones urbanas (como se les podría llamar a los recorridos que no tienen otra finalidad que la de disfrutar la ciudad) nos han llevado a lugares que merecen ser explicados, develados, comentados, aunque sea en una ínfima parte de su inmensidad sensorial y expresiva.
Nuestro último encuentro antes de descender a la monotonia del trabajo y el estudio nos llevó al Cementerio Nº 1 de Valparaíso, rincón casi olvidado y visitado por unos pocos románticos o por los últimos deudos que le van quedando a los eternos residentes de esta pequeña ciudadela enclavada casi sobre la ciudad. Alguna vez hablaremos sobre los dos tradicionales cementerios de Santiago, enormes, complejos, laberínticos y llenos de rincones siempre ocultos, velados y esquivos, pero que con paciencia se pueden descubrir y reinterpretar de nuevas maneras cada vez. Pero este viaje dominguero nos llevó a un lugar reducido, apiñado cual ciudad medieval, rodeado de quebradas y apretujado en su espalda por los cementerios nº 2 y de disidentes, con lo que su crecimiento y su conformación le deben mucho a la particular topografía del puerto.
En realidad es un pequeño lugar, pero en sus límites se esconden muchas diversidades, muchas formas distintas y modos diversos de crear los espacios para la "eternidad", aunque claro, eso de eternidad sólo tiene unos 150 años, a juzgar por las lápidas más antiguas que pudimos encontrar. Así, apiladas, enraizadas en el cerro, van apareciendo las distintas facetas de la tradición de la muerte, actualmente esquematizada a un campo de pasto y algunos árboles, con anónimas (e insoportablemente democráticas e igualitarias) lápidas de insignificante tamaño. En cambio los cementerios tradicionales son una muestra palpable, para todo el que quiera descubrir, de la historia y el desarrollo de nuestra sociedad desde la época republicana.
Ángeles, estatuas, lápidas escritas en diversos idiomas, tumba
s, mausoleos de los más caprichosos y variados estilos y formas, epitafios y curiosas inscripciones, simbologías centenarias, jardines pequeños y mágicos, rincones de belleza emocionante, es lo que en abundancia se deja percibir cuando uno traspasa la gigantesca columnata de ingreso... agrietada, imponente y amenazante, como cúlmine de un recorrido de continuo despojo que deja atrás la ciudad habitada por los vivos y se adentra con dramatismo en este mundo nuevo, oculto, misterioso, pero bañado por el mismo sol y enfrentado hacia el mismo mar, como los demás cerros.
Y nuevamente nos damos cuenta que las formas más profundas y poéticas del espacio urbano se enraizan en los rincones ocultos, des
conocidos para la mayoría, prejuiciados por la sociedad, olvidados y por eso más ricos y valiosos aún. Hermoso lugar para dar cabida a la congoja y la reflexión, un recodo en el cerro, que desde sus intrincadas ventanas y perfiles mira la inmensidad y la enorme densidad de los cerros vecinos, el plan, el mar, el horizonte... guarecido por esta añosa estructura, aletargada y triste, pero bella, profunda y emocionante.

Sebastian A. O.
Valparaíso, Martes 13 de Marzo de 2007 - 01:40 hs.

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